lunes, 31 de octubre de 2016

La joven del metro

Andrés tenía que coger el metro todas las mañanas para ir a trabajar a la oficina. Era parte de su rutina semanal. Pocas veces cambiaba su vida, pues era monótona y repetitiva. Hasta que apareció ella.

Una mañana, entrando en el metro, justo cuando se iban a cerrar las puertas, se fijó en una chica a lo lejos, parada en medio de la multitud, que le miraba fijamente. Llevaba un vestido blanco, acompañado por un cinturón negro, zapatos azules y un pequeño bolso dorado con lentejuelas colgado en el hombro. No sabía por qué, pero le llamó la atención la apariencia de la joven, interrumpida por las puertas automáticas de la entrada del metro, que se cerraron pocos instantes después. Incluso horas después, cuando salió de trabajar, seguía pensando en la chica. Por alguna razón que ni él sabía.

A la mañana siguiente, Andrés volvió a coger el metro. Cuál sería su sorpresa al ver a la chica de nuevo en la cola, parada en medio de la gente que, apretujándose y empujándose, entraban en masa al vagón. Llevaba la misma ropa, el mismo vestido, incluso el mismo bolso dorado de lentejuelas, y con la misma mirada penetrante del día anterior. Andrés se sintió incómodo, pues ya era raro que la chica estuviera con la misma vestimenta dos días seguidos, y encima parada ahí mirándole a él, o al menos éso le parecía. Decidió no pensar en ello más, y se centró el resto del día en sus asuntos del trabajo.

No podía ser... Los demás días de la semana, la volvió a encontrar, en el mismo sitio, parada y mirándole, con la misma ropa. Ésto no era sólo casualidad. Tenía que ser una broma de mal gusto. Se sentía muy incómodo, observado todo el día, incluso a la noche, en su casa, pensaba en la chica. Sentía miedo y desasosiego, hasta que decidió investigar por su cuenta.

Buscando en Internet y en periódicos digitales artículos que hablaran sobre sucesos en el metro dónde se encontraba la muchacha, descubrió algo que lo dejaría sin respiración:

«JOVEN SE SUICIDA EN EL METRO DE VALENCIA»

Siguió leyendo con el corazón en un puño. Todo encajaba. Una muchacha de 20 años, que se tiró a las vías del metro, justo cuando éste iba a salir, muriendo aplastada en una lenta agonía. En su bolso se encontraron una nota de suicidio, en la que explicaba que lo hacía por motivos sentimentales.

Le entraron ganas de llorar, vomitar y gritar al mismo tiempo. Ganas que se acentuaron al escuchar golpes en la puerta del salón. No quería abrir, no quería que nadie lo viera así de alterado. Pero los golpes se hicieron cada vez más fuertes, ensordecedores y estruendosos. Andrés salió de su habitación, y se acercó lentamente. Con más miedo del que jamás había sentido, tomó aliento, y abrió la puerta violentamente, viendo pocos milisegundos antes de morir un reflejo dorado.

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